Fue en torno a una era de eucalipto donde la compañía gallega Anómico Teatro expuso una creación que se mostró como una suerte de confesión sentimental de contenido social, político pero personal e íntimo. Una bailarina y un actor que se mostraban honestamente, sin grandes pretensiones más que hacernos reflexionar sobre el abandono como forma de contemplación.

La era del abandono de Anómico

El paisaje escénico se presentaba sencillo, y en lo que pareciera ser una era (ese espacio circular donde se trillan las mieses) con hojas de eucalipto colocadas minuciosamente de forma circular, formando casi una espiral que se extendía y abría hacia todos los puntos del escenario. La escena multifuncional se convertiría en paisajes extintos muy diversos. Desde el ruedo de un pequeño circo hasta un vertedero o el mismo mar. El olor suave del eucalipto bautizó la sala desde la apertura. La delicada iluminación de la mano de Montse Piñeiro permitía al imaginario trasportarse hasta una plantación de eucalipto, debajo de la cual podrías observar como los rayos del sol del atardecer iluminaban el paseo.

Las proyecciones de vídeo mostraban entornos de abandono sobre un gran lienzo que sería manipulado ocasionalmente para cambiar su posición escénica. Durante diferentes momentos de la performance un lienzo en blanco aparece como personaje protagonista que incluso sorprende por su conversión lumínica, juego de luces y sombras.

Dos cuerpos son los que aparecen en escena, sin casi interacción entre ellos. Julio Afonso muestra verdad en la palabra, producto quizá de ser el propio autor de la base textual de la obra, todo a partir de unas cartas escritas en los 90 por él mismo, dirigidas a un tal “Damero Mudo”, que como explica al público “no era otro que un pseudónimo”.

El trabajo corporal de Eva Alfonso es bello y precisamente ejecutado, tiene un movimiento delicado acorde con la pieza escénica.

La propuesta de Paisajes en extinción, que así es como se titula este trabajo performático, da protagonismo al texto, el cuerpo, las proyecciones de vídeo, y la iluminación de forma igualitaria sin que uno parezca resaltar más que otro. Un trabajo realmente bello, con una ejecución limpia y milimétrica, donde se observa que detrás de la sencillez y elegancia escénica siempre se oculta un minucioso trabajo que pocas veces se valora.

Perder la oportunidad de ver Paisajes en extinción sería perder un regalo que hacerse a sí o que hacer a alguien con quien compartir el amor por el abandono. Un regalo escénico producto de una residencia artística en el santacrucero Teatro Victoria.

Rocky Laguancha